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SE
HA sospechado, con razón o sin ella, que el Presidente de
México es un aliado incondicional de Estados Unidos, para
decirlo con las palabras más suaves. Y no dudo que en algún
sentido se haya comprometido con ellos desde su campaña. La
formación de Fox, su temperamento, sus relaciones, así lo
indican. Incluso mucho de esto se confirmó en sus visitas a
Estados Unidos y en las del Presidente norteamericano a México.
El episodio de Monterrey, cuando Castañeda era canciller y se
le hizo una majadería a Fidel Castro, siembra en uno serias
dudas. Pero poco a poco, y bajo la presión de asuntos tan
delicados como el de los inmigrantes mexicanos, Fox ha ido
cambiando y ahora esgrime los argumentos tradicionales de la
política internacional de México. Esto merece aplauso y
aprobación. Y por cierto, no se trata en la especie de un
México nuevo sino del país de siempre, con una larga historia
en el ámbito internacional. El mérito de Fox consiste, sin
duda, en reconocerlo y admitirlo.
Ahora bien, los días que corren son de los más delicados en la
reciente historia del mundo. El Presidente de Estados Unidos
se revela como un militarista a ultranza, no importa que
entrampado en las redes de la conflictiva historia
contemporánea. Es un hombre que sin miramientos y con
poquísima perspectiva histórica convoca y concita a la
violencia. Dice que está decepcionado de la actitud de la OTAN,
principalmente de Francia y de Bélgica, e ignora que por
abrumadora mayoría el mundo está decepcionado de él. Tal vez
pase a la historia como el autor inmisericorde de la tercera
guerra mundial. Ojalá y no. Lo lamentable dentro de tal
contexto, incluso lo terrible, es que somos vecinos de Estados
Unidos; sin olvidar los veneros de petróleo que ahora quiere
el diablo capitalista, recordando a López Velarde. Nuestra
situación como país es muy delicada. Pero si algo tenemos de
qué enorgullecernos es de nuestra política internacional, no de la |
manipulada por intereses mezquinos sino de la auténtica,
forjada a la luz y amparo de la inteligencia jurídica y
diplomática. Al respecto, el Presidente de México ha hecho un
enérgico llamado en contra de la guerra en Irak. Lo hizo al
final de la entrega de los premios de investigación 2001-2002.
Exclamó: "¡No al militarismo, no a la guerra!" Pero de manera
inusual y cuando concluyó su discurso, dijo: "¡Sí al desarme,
sí al consenso, sí al multilateralismo!"
Más claro ni el agua. Lo que alarma y sorprende es la actitud
hostil y soberbia del Presidente de Estados Unidos y de su
secretario de Estado. Sostienen que irán a la guerra con o sin
la aprobación de las Naciones Unidas. ¿México pagará caro su
resolución de renegar de la guerra, de repudiarla, habida
cuenta que los norteamericanos sí la quieren? Tal vez. El
mundo de hoy es incierto, pero no es posible ni debido vivir y
convivir en él al margen de los principios que conforman la
historia y la tradición de un país. En la especie pocos, muy
pocos, tenemos dudas de que el gobierno actual de Estados
Unidos sólo mira a su conveniencia e intereses. Quizá vea en
la guerra un medio de recuperar su economía averiada o quizá
en el panorama internacional no le quede otro camino que el de
conservar su poder y su "prestigio" congraciándose con el dios
Marte. Pero Estados Unidos no es el mundo, y al margen o a
pesar de su gigantesco poderío militar hay muchas naciones que
repudian la belicosidad y defienden los valores del espíritu.
En suma, es muy importante que en estos momentos se apoye al
Presidente Fox en su política internacional. Podrá haber
desacuerdos con él en lo que atañe a la política interna. Mas
en el espacio del mundo, en la llamada globalidad, somos
miembros activos de un organismo internacional, las Naciones
Unidas, al que nos hemos adherido voluntariamente y que cumple
o trata de cumplir con una misión suprema; favorecer y
consolidar la paz, evitar la catástrofe y pugnar por la
conservación de la vida. |