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ES UNA lástima que
la España milenaria y secular, unida a nosotros por la sangre
y la cultura, quede relegada por la presencia de un político
inteligente pero que sólo mira a los intereses económicos de
su país a través de la influencia y presencia de los Estados
Unidos de Bush, tanto como a través de su alianza bélica con
ellos. Esperaríamos del gobierno de España, en las horas
angustiosas que vive el mundo, mayor congruencia con su pasado
histórico y con su humanismo cultural. Difícil, muy difícil
que así fuera, lo sabemos, porque Don Quijote y todo su
séquito de ilustres seguidores se hallan a la sombra del
águila belicosa de Estados Unidos. Así las cosas, y cuando
dentro de unas horas el presidente Aznar llegue a México
escuchará un claro y contundente mensaje del presidente Fox,
quien ha dicho que la visita del titular del Gobierno español
no es para hacer presión sobre México con el fin de que apoye
los afanes belicistas de su homólogo norteamericano George W.
Bush. "Viene -añadió- más a escuchar y a ver alternativas que
a tratar de vender su posición". En suma, no a la guerra, sí a
la acción decidida del Consejo de Seguridad y de las Naciones
Unidas; fortalecerlos para que de allí salga la paz.
Ahora bien, no es posible al efecto restarle méritos al
presidente Fox. Al contrario, merece aplauso. Sin embargo, es
necesario aclarar que la decisión pacifista del Presidente no
corresponde al llamado "México Nuevo" ni tampoco a la
supuestamente nueva cultura democrática. México no es nuevo
sino antañón y aguerrido en su política internacional y en su
vocación democrática; y el que un determinado grupo en el
poder lo haya obstaculizado no implica, de ninguna manera, que
estemos apenas descubriendo los valores del país y del mundo
civilizado. México apoya la acción razonable del Consejo de
Seguridad y de las Naciones Unidas; y es partidario de
fortalecerlos para que de allí salga la paz. Lo terrible es el
desdén del presidente Bush ante la ola de manifestaciones
precisamente a favor de la paz en el mundo entero.
Le
parecen irrelevantes y no lo harán desdecirse de sus propósitos |
guerreros. Terrible
porque el poder absoluto, en el caso, riñe con un mínimo de
inteligencia y de responsabilidad histórica. La soberbia mata,
aniquila a los tontos. Terrible, asimismo, porque el mundo
entero puede pagar el costo de esa locura. Y qué bueno que
junto al coloso del norte, con frontera de por medio donde
aniquilan a los pobres y famélicos mexicanos, donde esquilman
sus ganancias y sus perspectivas de vida, se esgrima la
bandera de la dignidad.
Tal han hecho países de la talla de Francia, con el presidente
Chirac a la cabeza; porque Francia sabe de los Derechos del
Hombre y de la dignidad inherente a nuestra especie tanto como
de las luces que encendió en un siglo dorado. Y España,
nuestra amada España, con su enorme tradición humanista que se
remonta a las disquisiciones de Francisco de Vitoria, padre
del Derecho Internacional, y de Luis Vives, compañero de
Erasmo, hoy calza las garras del águila norteamericana o las
del halcón. Pero México, hay que repetirlo, esgrime
impecablemente una consecuencia lógica de la famosa Doctrina
Estrada, es decir, esgrime la historia y la tradición escritas
y conformadas desde hace tiempo. Genaro Estrada sostuvo una
tesis en respaldo de la soberanía de las naciones, afirmando
que ningún país tiene el derecho de calificar los asuntos
interiores de otro. En
suma, trátese de lo que se trate en Irak, tenga arsenal bélico
o no, convenga o no convenga ello a Estados Unidos, cada
nación afiliada a las Naciones Unidas y firmante por lo mismo
de un pacto universal de adhesión, tiene asimismo, el derecho
inalienable de acordar lo mejor a sus intereses; por lo que
resulta o resultaría intolerable cualquier tipo de
intervención o presión en contrario. Nuestra presencia en las
Naciones Unidas y en el Consejo de Seguridad no significa
sumisión a nada ni a nadie. Y votar por la paz en nombre de
nuestra soberanía es votar por la conservación de la cultura y
de la civilización humanas.
Estoy seguro de que al presidente Aznar no le sonarán extrañas
o ajenas las palabras del presidente Fox, pues llevan la
fuerza y la resonancia del Vitoria eterno y renacentista.
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