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El agua del molino

Aznar en México

RAUL CARRANCA Y RIVAS

ES UNA lástima que la España milenaria y secular, unida a nosotros por la sangre y la cultura, quede relegada por la presencia de un político inteligente pero que sólo mira a los intereses económicos de su país a través de la influencia y presencia de los Estados Unidos de Bush, tanto como a través de su alianza bélica con ellos. Esperaríamos del gobierno de España, en las horas angustiosas que vive el mundo, mayor congruencia con su pasado histórico y con su humanismo cultural. Difícil, muy difícil que así fuera, lo sabemos, porque Don Quijote y todo su séquito de ilustres seguidores se hallan a la sombra del águila belicosa de Estados Unidos. Así las cosas, y cuando dentro de unas horas el presidente Aznar llegue a México escuchará un claro y contundente mensaje del presidente Fox, quien ha dicho que la visita del titular del Gobierno español no es para hacer presión sobre México con el fin de que apoye los afanes belicistas de su homólogo norteamericano George W. Bush. "Viene -añadió- más a escuchar y a ver alternativas que a tratar de vender su posición". En suma, no a la guerra, sí a la acción decidida del Consejo de Seguridad y de las Naciones Unidas; fortalecerlos para que de allí salga la paz.

Ahora bien, no es posible al efecto restarle méritos al presidente Fox. Al contrario, merece aplauso. Sin embargo, es necesario aclarar que la decisión pacifista del Presidente no corresponde al llamado "México Nuevo" ni tampoco a la supuestamente nueva cultura democrática. México no es nuevo sino antañón y aguerrido en su política internacional y en su vocación democrática; y el que un determinado grupo en el poder lo haya obstaculizado no implica, de ninguna manera, que estemos apenas descubriendo los valores del país y del mundo civilizado. México apoya la acción razonable del Consejo de Seguridad y de las Naciones Unidas; y es partidario de fortalecerlos para que de allí salga la paz. Lo terrible es el desdén del presidente Bush ante la ola de manifestaciones precisamente a favor de la paz en el mundo entero.

Le parecen irrelevantes y no lo harán desdecirse de sus  propósitos

guerreros. Terrible porque el poder absoluto, en el caso, riñe con un mínimo de inteligencia y de responsabilidad histórica. La soberbia mata, aniquila a los tontos. Terrible, asimismo, porque el mundo entero puede pagar el costo de esa locura. Y qué bueno que junto al coloso del norte, con frontera de por medio donde aniquilan a los pobres y famélicos mexicanos, donde esquilman sus ganancias y sus perspectivas de vida, se esgrima la bandera de la dignidad.

Tal han hecho países de la talla de Francia, con el presidente Chirac a la cabeza; porque Francia sabe de los Derechos del Hombre y de la dignidad inherente a nuestra especie tanto como de las luces que encendió en un siglo dorado. Y España, nuestra amada España, con su enorme tradición humanista que se remonta a las disquisiciones de Francisco de Vitoria, padre del Derecho Internacional, y de Luis Vives, compañero de Erasmo, hoy calza las garras del águila norteamericana o las del halcón. Pero México, hay que repetirlo, esgrime impecablemente una consecuencia lógica de la famosa Doctrina Estrada, es decir, esgrime la historia y la tradición escritas y conformadas desde hace tiempo. Genaro Estrada sostuvo una tesis en respaldo de la soberanía de las naciones, afirmando que ningún país tiene el derecho de calificar los asuntos interiores de otro. En suma, trátese de lo que se trate en Irak, tenga arsenal bélico o no, convenga o no convenga ello a Estados Unidos, cada nación afiliada a las Naciones Unidas y firmante por lo mismo de un pacto universal de adhesión, tiene asimismo, el derecho inalienable de acordar lo mejor a sus intereses; por lo que resulta o resultaría intolerable cualquier tipo de intervención o presión en contrario. Nuestra presencia en las Naciones Unidas y en el Consejo de Seguridad no significa sumisión a nada ni a nadie. Y votar por la paz en nombre de nuestra soberanía es votar por la conservación de la cultura y de la civilización humanas.

Estoy seguro de que al presidente Aznar no le sonarán extrañas o ajenas las palabras del presidente Fox, pues llevan la fuerza y la resonancia del Vitoria eterno y renacentista.

 

Fuente:

El Sol de México, Febrero 20 de 2003

 

 

 

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