|
ES IMPRESCINDIBLE
que se reforme la Constitución para que el Presidente de la
República, sea quien fuere, no tenga en exclusiva la
atribución o facultad de dirigir la política exterior del
país. Se trata, y lo estamos comprobando en los días que
corren, de algo delicadísimo e incluso de consecuencias
impredecibles.
Asimismo, quien debe tener aquella facultad o atribución es el
Congreso de la Unión, ya que diputados y senadores son los
representantes directos del pueblo; siendo el Presidente de la
República, en cambio, el titular del Poder Ejecutivo. Pero,
repito, diputados y senadores pueden y deben velar mejor que
el Presidente por los intereses de sus representados. Esto se
entiende fácil, a mi juicio, al ser testigos de la ola de
protestas en el mundo entero en contra de una posible
intervención militar de parte de Estados Unidos en Irak. Y no
importa que la gente proteste, ya que la coalición de países
que dirige y coordina Bush no le hace el menor caso. Y que
conste que los afectados directamente si la guerra llega son
ellos y todos nosotros, los gobernados.
Ahora bien, el presidente Bush acaba de manifestar que se
siente decepcionado por la política que en cuando a Irak
maneja el presidente Fox. ¿Es un aviso, una advertencia? Luego
añadió que nos debemos "disciplinar", salvo que en la
traducción del inglés a esta palabra hay o haya habido un
error. ¿Otra advertencia? Lo que pasa es que Estados Unidos
nos presiona al máximo. Y ya hace tiempo, por cierto, lo había
dicho Bush: los que no estén con ellos estarán en contra de
ellos. Punto.
Y
por lo mismo que la situación internacional del mundo se hace
cada día más compleja y conflictiva, es imprescindible que la
política en la materia no sea sólo conducida por el Presidente
instruyendo a su canciller. Es el Congreso, debe ser el
Congreso, el depositario, intérprete y aplicador de tal
política. La razón de ello es evidente. No es
admisible que se juegue |
internacionalmente
con la seguridad y la vida de los pueblos. Unos pocos toman
las decisiones de mayor envergadura histórica. No se ignora,
pues sería ingenuo, que Francia, por ejemplo, o España, tienen
intereses muy fuertes en el Medio Oriente.
El
petróleo es uno de ellos, desde luego. Y tampoco se ignora que
el juego económico, las pasiones, las oportunidades para
establecer o reestablecer el equilibrio mundial, son factores
decisivos en el caso de Irak. Pero lo grave es el deterioro
que se cierne sobre las Naciones Unidas, habida cuenta de las
persistentes declaraciones del presidente Bush a favor de la
unilateralidad. En tal virtud el papel de México es punto
menos que delicado. ¿Y quién lo orquesta, quién lo conduce? Un
solo hombre que por mandato expreso de la Constitución es el
Presidente de la República.
Urge, en consecuencia, que se valore dicha situación y se le
den al Congreso las facultades necesarias para que, en nombre
y representación directa del pueblo, adopte las medidas que
crea convenientes en la especie. Lo contrario, tal y como
acontece hoy, es casi dejar solos en un ring de boxeo al
presidente Fox y al presidente Bush. Y no hay que ser adivino
para presagiar lo que sucederá. Al efecto causa asombro y
sorpresa, incluso indignación, la manera tan extraña, por
decir lo menos, con que ha sido conducida la política
internacional de México en la confrontación entre Estados
Unidos e Irak.
Se
nota a la legua que la presión norteamericana nos ha golpeado
duro. Desde luego, hay que apoyar al Presidente si es que
mantiene la dignidad de nuestras tradiciones jurídicas y
diplomáticas. ¿Pero si pasa lo contrario? ¿Protestar? ¿Cómo?
¿Dejarlo solo? ¿Cómo? Ojalá los partidos que hoy buscan el
favor del pueblo para las elecciones de julio sepan dialogar,
analizar y presentar opciones para que el pueblo decida. Y
ojalá no esté lejana la hora en que el Congreso de la Unión
asuma la responsabilidad histórica de participar en la
dinámica internacional por medio del Derecho al servicio del
interés general.
|