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MEXICO PRESIDIRA el Consejo de Seguridad de la ONU a partir
del primer día del próximo mes de abril. En consecuencia,
nuestro país estará presente y activo en uno de los momentos
de mayor relevancia en la historia de la Humanidad y, por
supuesto, del inicio del siglo XXI. ¿Qué papel deberemos jugar
allí? Yo entiendo que por más disertación que se haga en la
materia, hay una respuesta relevante, insustituible e incluso
de contenido dramático; a saber, que los problemas del mundo,
de las naciones, de cualquier clase y naturaleza que sean
aquellos, no se deben dirimir sino por la vía del Derecho, o
sea, de la civilización y de la cultura presentes en lo
normativo jurídico. Lo cual los Estados Unidos de Norteamérica
han pasado por alto con desprecio manifiesto a la comunidad de
naciones y a la organización internacional de las mismas.
Triste papel el de la ONU en el conflicto de Irak, tanto como
el del Consejo de Seguridad a pesar o al margen de los
esfuerzos en que se han empeñado muchos de sus delegados o
embajadores. Kofi Annan, el presidente de la ONU, ha revelado
pusilanimidad, falta absoluta de carácter, de energía política
y de habilidad diplomática en el mejor sentido de la palabra.
Hizo falta un enérgico señalamiento suyo, una convocatoria a
favor de la paz y de la negociación remitiéndose en el caso a
los lineamientos generales de la ONU, a sus fines y propósitos
y, obviamente, a las sanciones para quien o quienes los
desacaten. Se ha tenido un miedo o un temor descarados para
decir abiertamente que los Estados Unidos de Norteamérica, con
el gobierno de Bush a la cabeza de ellos, incluidos sus
aliados, el primer ministro británico Tony Blair y el
Presidente Aznar de España, han actuado unilateralmente en
este conflicto, no importa que invoquen una "sui generis"
"coalición"; de la que por cierto las únicas fuerzas
beligerantes son en rigor dos: los Estados Unidos de
Norteamérica y la Gran Bretaña.
Ahora bien, en el mundo en que vivimos y en el espacio al que
me refiero abundan las presiones políticas, diplomáticas y
económicas. Pero la hora de la que somos testigos y partícipes
en gran medida nos compromete a todos, absolutamente a todos.
Es nuestro destino común el que se halla en juego. En tal
virtud, es de esperar que México hable en el Consejo de
Seguridad de la ONU con la mayor energía y claridad, siempre
apoyado |
en el Derecho.
A mi juicio, los artificios diplomáticos y sus naturales o desnaturales sutilezas han de ser descartados. Tenemos la
obligación moral, histórica y jurídica de denunciar la infamia
que se comete, la matanza inhumana y abominable de gente
inocente; lo que no implica el apoyo a Saddam Hussein ni a sus
posibles armas biológicas o hasta atómicas. La cuestión es
denunciar, repito, un genocidio de proporciones casi
apocalípticas. ¿De qué servirá esto? ¿Para qué servirá? Yo
creo que de mucho, habida cuenta de que no se ha escuchado en
la ONU ninguna denuncia enérgica, abierta, digamos oficial, en
contra de un verdadero crimen internacional. La Asamblea
General de la ONU y el Consejo de Seguridad son los órganos
"ad hoc" para hacerlo. Un país como el nuestro debe dejar
constancia, a pesar de las pretensiones hegemónicas de los
Estados Unidos de Norteamérica y de la acción de su gobierno
al margen y en contra de la Carta de las Naciones Unidas. El
asunto, en su contexto ideológico, es muy simple: ¿con qué
derecho se arrogan los norteamericanos la llamada defensa de
su territorio, frente al terrorismo, a costa del mundo entero?
¿Con qué derecho pretenden exportar su democracia a otros
países? ¿Quiénes son ellos para autodenominarse los salvadores
de Irak irrumpiendo en su territorio y en el ámbito de su
soberanía? ¿Por qué califican a Hussein de dictador y so
pretexto de esto lo quieren derrocar? ¿No es el anterior un
asunto de la exclusiva competencia de Irak en uso y ejercicio
de su soberanía? Lo único que avala y protege a los
norteamericanos es la fuerza de las armas, es decir, su
gigantesco e insuperable poderío militar. Pero la historia nos
compromete, hoy como nunca antes, a oponernos a ello con la
razón, la justicia y el más elemental sentido común. ¿Que el
precio de hacerlo será muy alto? Probablemente. Pero más alto
es el precio de la ignominia, de la complicidad en el derrumbe
de los valores superiores de la Humanidad. En el orden
internacional deben prevalecer los mismos principios éticos,
morales y jurídicos que en el orden nacional e individual. ¡Ni
modo! La historia nos ha colocado en la tesitura de defender
con la fuerza del espíritu y de la razón los valores del
hombre y el destino de la Humanidad, de nuestra Humanidad.
Ha
llegado la hora de que México en el Consejo de Seguridad sea
congruente con sus principios frente a la barbarie que
desplaza al Derecho. Lo contrario sería una vergüenza.
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