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EL GENERAL Ignacio
Zaragoza fue ministro de Guerra en el gabinete del presidente
Benito Juárez, pero dimitió del cargo para hacer frente a la
invasión francesa, derrotando en Puebla a los invasores el 5
de mayo de 1862. Como liberal ilustre representa y simboliza
la defensa de la patria ante el embate de fuerzas extranjeras
agresoras.
Allí, en Puebla, se definió la soberanía nacional y la
integridad de conciencia de México. Claro, a su debido tiempo
lo aprovecharon algunos del norte, allende el río Bravo, para
poner mayor énfasis en aquello de América para los americanos.
Y en tal virtud es que desde hace un promedio de cincuenta
años los estadounidenses celebran, muy a su manera, la ilustre
fecha en la que México repelió a los invasores. Pero ahora,
después de las desavenencias entre Bush y Fox a propósito de
la invasión norteamericana a Irak, la Casa Blanca se niega a
festejar el acontecimiento; no importan los pretextos y
argumentaciones absurdas que se manejan al respecto tanto allá
como acá. La venganza o el agravio, como quiera usted
llamarlo, son tan manifiestos como el "destino" que les sirve
de mortal instrumento para querer sojuzgarnos.
Ahora bien, qué lastima que no tengamos en el estrado
políticos de primera clase, cultos, elocuentes, precisos,
valientes y claros. Lo digo porque en vez de recurrir a la
diplomacia dulzona y estrábica habría que declarar, con voz
bien fuerte, que la celebración del 5 de mayo es netamente
mexicana y que ella implica nuestra firme decisión de mantener
incólumes la independencia, la soberanía y la dignidad de la
nación. O sea, que se podrá celebrar o no el aniversario en la
Casa Blanca sin que ello afecte en lo más mínimo su verdadero
sentido. |
E
incluso, mejor que no se celebre porque allá lo han festejado
con un propósito oculto, o no tan oculto; a saber, el de
volverse en la algarabía de la fiesta nuestros "aliados",
nuestros "compañeros", como si dijeran: "¡Denle duro a los
franceses, México y América toda son sólo nuestros!".
Pretensión inaudita que a nadie engaña, como tampoco engaña
que ahora nos retiren el favor de la fiesta. Nada más que hay
que tomar debida nota. Vendrán días peores, ya que la neurosis
y los resentimientos de Bush no tienen límite.
¿Pero por qué ha pasado esto? ¿Por qué de una manera u otra
estamos siendo amenazados, vejados? Por la debilidad, por la
pusilanimidad. Y entiendo por esto no la carencia de énfasis,
por ejemplo, en una posible agresión verbal, sino la falta de
inteligencia, de sensibilidad política, de cultura, en el
diálogo con el gobierno de Estados Unidos. La falta de
definición.
Lo
cierto es que cuando las cosas se definen y se aclaran a la
luz de un pensamiento coherente y bien dicho, y no con la
palabrería de feria, el interlocutor entiende, por más
poderoso que sea. En otros términos, en vez de ocultar lo
evidente y empeñarnos en tapar el sol con un dedo ("no pasa
nada", "la amistad entre ellos y nosotros se halla en uno de
sus mejores momentos", etcétera, etcétera), habría que
decirles con la elegancia y finura que tanto extrañamos en el
ejercicio político de nuestros días que el 5 de mayo es muy
nuestro, que gracias por festejarlo allá en beneficio de
nuestros paisanos, pero que si no lo hacen México seguirá
festejando esa fecha con la convicción de que la soberanía, la
libertad, la dignidad, la independencia, la democracia no se
exportan ni se importan.
Además, qué curioso y paradójico festejo sería (aunque ya lo
haya sido), por ejemplo, el del cinco de mayo en el rancho
tejano de Bush.
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