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SIN PONER ni remotamente en tela de juicio los atributos que
distinguen a los nuevos miembros del Consejo General del Instituto
Federal Electoral, creo que desde el punto de vista objetivo,
estrictamente objetivo, hay algunas importantes observaciones que
hacer. Me atengo a los hechos y a su sentido o valor. En efecto, de
acuerdo con la información que ha proporcionado la prensa resulta
que hay dos egresados de la Universidad de Columbia, uno de la de
Siracusa en Nueva York, uno de la Universidad de Oxford, uno de la
Universidad de Guadalajara, uno de la Universidad Autónoma de Nuevo
León, uno de la Universidad Iberoamericana y uno de la Universidad
Nacional Autónoma de México. De ellos, tres son especialistas en
ciencias políticas, uno en comunicación, uno en ciencias de la
educación, uno en economía y uno en estudios latinoamericanos; y
parece, dada la deficiente información al respecto, que hay un solo
abogado. Conclusión: no hay allí un grupo de abogados o juristas de
prestigio. O sea, la labor del IFE, su alto cometido, queda
mayormente en manos de politólogos, comunicólogos, educadores,
economistas y "latinoamericanólogos" (con perdón del neologismo). ¿Y
el Derecho? ¿O qué la política, y su cuidado, y su vigilancia, y la
atención que merece, no tiene nada que ver, absolutamente nada, con
el Derecho? ¿Qué acaso el IFE cumple y cumplirá una tarea en la que
asuntos y problemas jurídicos jamás aparecerán? ¿Qué harán los
nuevos y distinguidos consejeros con la aplicación y en su caso
interpretación de la ley? ¿Es que la democracia, su ejercicio, su
realización social e incluso histórica, es dable sin la presencia
del Derecho como fuente de normas imprescindibles en la convivencia
social? A mi juicio queda una duda desconcertante en relación con
las anteriores preguntas, salvo que se suponga que el IFE, como tal,
es totalmente ajeno a la ley, al Derecho y cosa aparte, muy aparte,
del Estado de Derecho. Añado a lo anterior, e insisto que sólo desde
el punto de vista objetivo, la mínima presencia de la Universidad
Nacional Autónoma de México. Nacional y relegada a un solo espacio.
En cambio hay cuatro consejeros cuya Alma Mater es ajena a nosotros.
Tal vez esto no implique nada ni signifique tampoco nada. Tal vez.
Se dirá que pienso así por ser abogado e hijo de la Universidad
Nacional Autónoma de México. No lo niego. Pero yo no inventé la
abogacía, ni el Derecho, ni la ley, ni mucho menos la UNAM.
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Ahora bien, no son desdeñables bajo ningún concepto las
universidades extranjeras. Al contrario. Lo que pasa es que yo soy
de los que suponen, meramente suponen, que la UNAM forma individuos
con un alto sentido de la nacionalidad y con una vinculación muy
estrecha con el pueblo. Lo que es importante, muy importante, en
ciertas carreras. Y no descubro el hilo negro si digo que en los
años de formación universitaria, académica, el alumno asimila
conocimientos, principios, que lo acompañarán el resto de su vida. Y
tampoco descubro el hilo negro si afirmo que esto es relevante, muy
relevante, en tratándose de carreras o disciplinas de contenido
político social. Aunque a lo mejor mis decires, suposiciones y
afirmaciones son el resultado de una equivocación, de un
planteamiento erróneo. Yo no dudo de la capacidad, talento, buena
formación profesional, de los nuevos consejeros. Pero lo que a mi
ver es evidente es que la riqueza intelectual de la UNAM no se ha
hecho presente en esta ocasión, como tampoco, y por desgracia, en
tantas otras. Asimismo y como todos lo sabemos, la designación de
los nuevos consejeros fue decisión y facultad de los diputados al
Congreso de la Unión. Y qué notable que en días anteriores al
viernes último del mes pasado esos mismos diputados hayan inscrito
en su recinto y con letras de oro el nombre de la UNAM. Notable
porque si es verdad que eso fue un justo y merecido homenaje a la
máxima institución de cultura en el país, no ha tenido eco ni
resonancia a la hora en que la Universidad debió estar presente; ya
que los diputados no la reconocieron. Claro, los hay, los hubo,
hijos de la UNAM, que con tibieza taimada, diluida en la retórica,
pregonaron nombres ilustres de nuestra Casa para luego ni siquiera,
en el momento de la gran y confusa discusión, defenderlos o de nueva
cuenta exaltarlos con la energía moral necesaria. O sea, que la
grandeza de la UNAM quedó en manos politiqueras.
Sí, estuvo presente la UNAM en la gran discusión de la Cámara de
Diputados, allá, en una pulcra pared, ostentando en oro su mensaje y
al lado de los forjadores, como ella, de la patria. Tal parece que
la riqueza universitaria e intelectual de México, en su historia más
depurada, no participa hoy por hoy en la construcción real del país.
Seguimos, por supuesto, en las aulas y en el esplendor de la
cátedra, de la investigación, con la esperanza de que los nuevos
alumnos, hijos de la más importante universidad pública, no sean
mañana politicastros de ocasión que nada más vistan la toga y luzcan
las ínfulas con la pretensión de servirse aunque prediquen
servir.
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