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El agua del molino

Los nuevos consejeros

RAUL CARRANCA Y RIVAS

SIN PONER ni remotamente en tela de juicio los atributos que distinguen a los nuevos miembros del Consejo General del Instituto Federal Electoral, creo que desde el punto de vista objetivo, estrictamente objetivo, hay algunas importantes observaciones que hacer. Me atengo a los hechos y a su sentido o valor. En efecto, de acuerdo con la información que ha proporcionado la prensa resulta que hay dos egresados de la Universidad de Columbia, uno de la de Siracusa en Nueva York, uno de la Universidad de Oxford, uno de la Universidad de Guadalajara, uno de la Universidad Autónoma de Nuevo León, uno de la Universidad Iberoamericana y uno de la Universidad Nacional Autónoma de México. De ellos, tres son especialistas en ciencias políticas, uno en comunicación, uno en ciencias de la educación, uno en economía y uno en estudios latinoamericanos; y parece, dada la deficiente información al respecto, que hay un solo abogado. Conclusión: no hay allí un grupo de abogados o juristas de prestigio. O sea, la labor del IFE, su alto cometido, queda mayormente en manos de politólogos, comunicólogos, educadores, economistas y "latinoamericanólogos" (con perdón del neologismo). ¿Y el Derecho? ¿O qué la política, y su cuidado, y su vigilancia, y la atención que merece, no tiene nada que ver, absolutamente nada, con el Derecho? ¿Qué acaso el IFE cumple y cumplirá una tarea en la que asuntos y problemas jurídicos jamás aparecerán? ¿Qué harán los nuevos y distinguidos consejeros con la aplicación y en su caso interpretación de la ley? ¿Es que la democracia, su ejercicio, su realización social e incluso histórica, es dable sin la presencia del Derecho como fuente de normas imprescindibles en la convivencia social? A mi juicio queda una duda desconcertante en relación con las anteriores preguntas, salvo que se suponga que el IFE, como tal, es totalmente ajeno a la ley, al Derecho y cosa aparte, muy aparte, del Estado de Derecho. Añado a lo anterior, e insisto que sólo desde el punto de vista objetivo, la mínima presencia de la Universidad Nacional Autónoma de México. Nacional y relegada a un solo espacio. En cambio hay cuatro consejeros cuya Alma Mater es ajena a nosotros. Tal vez esto no implique nada ni signifique tampoco nada. Tal vez. Se dirá que pienso así por ser abogado e hijo de la Universidad Nacional Autónoma de México. No lo niego. Pero yo no inventé la abogacía, ni el Derecho, ni la ley, ni mucho menos la UNAM.

Ahora bien, no son desdeñables bajo ningún concepto las universidades extranjeras. Al contrario. Lo que pasa es que yo soy de los que suponen, meramente suponen, que la UNAM forma individuos con un alto sentido de la nacionalidad y con una vinculación muy estrecha con el pueblo. Lo que es importante, muy importante, en ciertas carreras. Y no descubro el hilo negro si digo que en los años de formación universitaria, académica, el alumno asimila conocimientos, principios, que lo acompañarán el resto de su vida. Y tampoco descubro el hilo negro si afirmo que esto es relevante, muy relevante, en tratándose de carreras o disciplinas de contenido político social. Aunque a lo mejor mis decires, suposiciones y afirmaciones son el resultado de una equivocación, de un planteamiento erróneo. Yo no dudo de la capacidad, talento, buena formación profesional, de los nuevos consejeros. Pero lo que a mi ver es evidente es que la riqueza intelectual de la UNAM no se ha hecho presente en esta ocasión, como tampoco, y por desgracia, en tantas otras. Asimismo y como todos lo sabemos, la designación de los nuevos consejeros fue decisión y facultad de los diputados al Congreso de la Unión. Y qué notable que en días anteriores al viernes último del mes pasado esos mismos diputados hayan inscrito en su recinto y con letras de oro el nombre de la UNAM. Notable porque si es verdad que eso fue un justo y merecido homenaje a la máxima institución de cultura en el país, no ha tenido eco ni resonancia a la hora en que la Universidad debió estar presente; ya que los diputados no la reconocieron. Claro, los hay, los hubo, hijos de la UNAM, que con tibieza taimada, diluida en la retórica, pregonaron nombres ilustres de nuestra Casa para luego ni siquiera, en el momento de la gran y confusa discusión, defenderlos o de nueva cuenta exaltarlos con la energía moral necesaria. O sea, que la grandeza de la UNAM quedó en manos politiqueras.

Sí, estuvo presente la UNAM en la gran discusión de la Cámara de Diputados, allá, en una pulcra pared, ostentando en oro su mensaje y al lado de los forjadores, como ella, de la patria. Tal parece que la riqueza universitaria e intelectual de México, en su historia más depurada, no participa hoy por hoy en la construcción real del país. Seguimos, por supuesto, en las aulas y en el esplendor de la cátedra, de la investigación, con la esperanza de que los nuevos alumnos, hijos de la más importante universidad pública, no sean mañana politicastros de ocasión que nada más vistan la toga y luzcan las ínfulas con la pretensión de servirse aunque prediquen servir.

 

 

Fuente:

El Sol de México, Noviembre 6  de 2003

 

 

 

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