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El agua del molino

¡Es Jefe de Gobierno!

RAUL CARRANCA Y RIVAS

“Para qué tanto brinco estando el piso tan parejo”, reza un conocido refrán mexicano. No es cosa de que “entre abogados te veas”, ni de leguleyos, ni de picapleitos o de tinterillos, ni mucho menos de rábulas indeseables. Es cosa de la verdad legal y de la evidencia de la Ley Suprema, o sea, de la Constitución. Sin embargo brincan conspicuos funcionarios públicos y alegan letrados en medio de tales brincos. Pero yo le ruego, le suplico, al amable lector que simple y llanamente lea el artículo 111 constitucional en su párrafo séptimo y que luego me diga si la opinión por más respetable de un sub Procurador, de un Secretario de Gobernación o incluso de un Presidente de la República, lo puede o podría alterar. Y algo más, qué grave, qué grave, que el manipuleo o el desconocimiento de la ley, buscando interpretar lo ininterpretable, lleve al absurdo y a la prepotencia del poder. Sostengo que al margen, muy al margen, de que el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México haya o no cometido el delito de abuso de autoridad lo cierto y legal, acorde al Derecho, es que su acción sea calificada con riguroso apego a las normas jurídicas. No hay que darle tantas vueltas al asunto y llevar el enredo hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación para que los ministros dejen sus complicados y abstractos quehaceres, dedicándole sesudas disertaciones al hecho de que dos más dos son cuatro.

 

            No hay la menor duda, Andrés Manuel López Obrador es hasta el momento de escribir las presentes líneas Jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Cualquier buen estudiante de Civismo sabe que por encima de la Constitución no puede estar ninguna ley. En tal virtud el artículo 111 que cito es contundente al declarar que el efecto de la declaración de procedencia, mal conocida como desafuero, será “separar al inculpado de su encargo en tanto esté sujeto a proceso penal”. ¡Para qué los brincos! López Obrador no se halla sujeto a proceso penal y suena extraño que se insista tanto en que si se atreve a pisar siquiera el borde de sus oficinas, despachando asuntos de gobierno en ellas, será responsable de la comisión del delito de usurpación de funciones por lo que el Ministerio Público solicitará del juez competente, y de manera inmediata, una orden de aprehensión en contra suya. Y más extraño suena eso de que agotada la vía legal se podrá buscar una “solución política”. Lo político en el más elevado sentido de la palabra es que se respeten la constitucionalidad y la legalidad, no torciendo o desviando el sentido de ellas. Y es desviarlo y torcerlo pretender hacer lo que la ley no contempla.

 

           

Ojalá no se caiga en el desatino de romper, ahora sí, uno de los hilos más finos del deteriorado Estado de Derecho. La verdad de a libra es que mientras la Suprema Corte de Justicia de la Nación no resuelva lo conducente en cuanto a las controversias constitucionales interpuestas por la Asamblea de Representantes del Distrito Federal y por la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, el caso de Andrés Manuel López Obrador se encuentra “sub judice”, o sea, pendiente de una decisión judicial del más alto tribunal de la República. Y así es inconcebible suponer que el juez dicte una orden de aprehensión en contra de aquél. Uno se pregunta, al efecto, por qué se quiere tapar el sol con el dedo, siendo el sol el párrafo séptimo del artículo 111 constitucional. ¿Por qué tanta insistencia en la posible comisión de un nuevo delito a cargo del Jefe de Gobierno? El sentido común, que de acuerdo con Aristóteles es casi siempre el menos común de los sentidos, nos dice que hay algo muy raro en ello. Algo ajeno o contrario al Derecho viéndose con claridad el afán desmedido, que nada tiene que ver con al justicia, de sacarlo abruptamente de la carrera presidencial. Y la sola pretensión de lograrlo por el camino que se ha elegido echa por tierra el tan pregonado, tristemente pregonado, cambio que va supuestamente de la mano de una renovación democrática. ¡Cuidado! No se debe jugar con fuego y menos aún buscar comprometer al Poder Judicial Federal, a un juez de Distrito al que se le pide, al que se le reclama prácticamente a gritos que dicte una orden de aprehensión inconstitucional y por ende violatoria de garantías individuales.

 

En suma, deben prevalecer el Derecho y el bueno tino político. Lo contrario va a traer a corto o a largo plazo, pienso que más bien a corto, un torrente de críticas que perjudican al mal llamada transición (en ruinas y desmadejada). Críticas dentro del país y desde fuera de él.

Fuente:

El Sol de México, Abril 21 de 2005

 

 

 

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