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El recorte en el
presupuesto, de alrededor de cuatro mil quinientos millones de pesos, que
el presidente Calderón hizo a las instituciones públicas de educación
superior para 2007 (recorte equivalente a casi novecientos millones de
pesos a la UNAM) ha sido una especie de soltar la cuerda para ver qué se
pesca. Se explica y entiende, que no justifica, en el contexto de lo que
se piensa en la Secretaría de Educación Pública acerca de la UNAM, que ha
sido y sigue siendo la fuente nutricia de las universidades públicas del
interior del país. En efecto, en una información proveniente de tal
Secretaría se dice que nuestra Máxima Casa de Estudios ha contribuido "en
forma destacada a la formación de los profesionales que requiere el
desarrollo del país". ¿Nada más destacada? Es una opinión raquítica y
mediocre, mezquina. La verdad es que aquella cuerda soltada no ha
producido ningún efecto favorable, sino al contrario. La ola de protestas
y críticas adversas, encabezadas por el rector Juan Ramón de la Fuente en
defensa de uno de los más importantes centros universitarios del mundo,
pone de manifiesto que los primeros pasos del nuevo Gobierno, en la
especie, implican desdeñar la trascendencia de la auténtica Universidad
Mexicana nacida al calor de los ideales revolucionarios de 1910. Se olvida
lamentablemente que el laicismo universitario, que caracteriza a la Máxima
Casa de Estudios, no corresponde únicamente al trabajo académico. Es un
laicismo liberal, progresista, a favor de la inteligencia crítica, que
desde aquí se ha desplazado hacia la política y la actividad económica
impulsando el gran proceso educativo nacional.
Ahora bien, este
proceso es el motor de la transformación global
de México. En un mundo acosado por el impacto de
la tecnología, de la llamada globalización y del
auge de las ciencias denominadas de la
naturaleza, el humanismo universitario es un
foco de luminosidad en el desenvolvimiento del
espíritu.
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Todos somos pueblo, aunque hay un
pueblo privilegiado y un pueblo que se nutre, que se debe nutrir, de la
verdad emanada de las aulas libres y no de las comprometidas con el gran
capital. Éste no es malo ni negativo en sí. Al contrario, es bueno porque
propicia el trabajo y el auge de la economía, la apertura de los mercados
y el crecimiento que se ha dado en llamar sustentable. Pero el pueblo no
debe perder el rumbo en universidades de escaparate, cuyo prestigio y
solvencia académicos son casi exclusivos de un grupo de selección. Axel
Didriksson, universitario de sabiduría sobresaliente, ha dicho con sobrada
razón que "la UNAM es el proyecto cultural más destacado con el que
contamos los mexicanos". Y por cultura, en este sentido, debemos entender
las manifestaciones del alma nacional. ¿Cuál alma? Parece que ello lleva
un contenido ideológico decimonónico, cargado de un romanticismo ya
obsoleto. No es así. Me refiero al alma, sin resonancias metafísicas ni
ardides religiosos, que tiene sus raíces en el ser mexicano que como lo
definiera el maestro Samuel Ramos, es el conjunto de esencias y
tradiciones que le dan vida a México. Lo evidente es que una cosa son las
universidades públicas, donde se enseña e investiga la sustancia popular
de nuestra cultura, y otra muy distinta las universidades en que se
prepara a los alumnos y estudiantes para insertarse en un devenir
mercantilista y económico, en un compromiso empresarial, que no sirve a
los intereses generales aunque ayude al crecimiento general del
país.
En suma, quienes nos hemos formado en las universidades
públicas, y especialmente en la UNAM, tenemos la obligación moral y
patriótica de defender nuestro espacio académico, que en rigor es el del
pueblo. Palabra ésta que asusta y abruma a los desposeídos de una
conciencia nacional; pero que es la revelación de una historia, de una
cultura, de unos valores, de una tradición, que ningún Gobierno tiene el
derecho de ignorar, soslayar o despreciar. |