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DISCURSO PRONUNCIADO EN CONMEMORACIÓN DEL "DÍA DEL ABOGADO" - Barra de Abogados del Estado de Morelos- (Cuernavaca, 11 de julio de 2003)

   

DISCURSO PRONUNCIADO EL 11 DE JULIO DE 2003

POR EL

DR. RAÚL CARRANCÁ Y RIVAS

EN EL DESAYUNO CONMEMORATIVO

DEL “DÍA DEL ABOGADO”

Y EN OCASIÓN DE LA TOMA DE PROTESTA

DEL CONSEJO DIRECTIVO 2003-2004

DE LA BARRA DE ABOGADOS

DEL ESTADO DE MORELOS A.C.

 

 

 

 

¿Qué es un abogado? En principio quien aboga por su cliente o por el asunto que se le ha encomendado. La tradición nos llama letrados, o sea, cultivadores de las disciplinas del espíritu. ¿Qué se requiere para serlo y hacerlo? Conocimientos y ética, por partes iguales. ¿De qué sirve lo uno sin lo otro? Por eso hay que afinar moralmente nuestro instrumento de trabajo, que es la palabra en su más amplia acepción; hacerla palabra honesta, enriquecida con la verdad.

 

Ahora bien, ¿por qué se han agrupado o asociado los abogados? El origen histórico de esto se debe a la idea de que después de luchar y estar en campos de litigio opuestos hemos de cultivar la conciliación, confraternizando en la unión y unidad de ideales. No sería posible ni aconsejable permanecer casi paralizados en la lid. Lo cierto es que del juego dialéctico de los oponentes surge siempre la verdad, o sea, la Justicia, a condición de que dicho ejercicio de constante análisis dependa, repito, de los conocimientos -que pueden llevar a la sabiduría- y de la ética.

 

Me he referido a campos de litigio opuestos. ¿Por qué? No olvidemos al respecto que la palabra “barra”, en su origen, designaba a la corporación que ponía barras o defensas en las manos de los abogados, para enfrentarse al adversario. Pero esas barras, depuradas por el tiempo, se han transformado en la casa donde se ejercitan los gladiadores al servicio de Temis. Lo que pasa es que no hay foro ni barra sin libertad, sin independencia. Los abogados solemos ser muy celosos de nuestra individualidad, pero reconociendo y admitiendo que somos individuos o individualidades debemos formar una unidad independiente. La dispersión nos atomiza al restarnos conciencia de grupo. ¿Mas para qué queremos la unidad? ¿Para qué queremos y necesitamos tales libertad e independencia? Porque hay algo que no puede ni debe marcar diferencias y que reclama una labor conjunta; es la denuncia de toda alteración al orden jurídico del país, al Estado de Derecho, a la irregularidad en el ejercicio del poder político. Por eso es que también estamos comprometidos en la defensa de la seguridad pública y de los intereses de la sociedad. En el foro romano, y sería grave pecado civil olvidar la historia, se defendía lo mismo al cliente que al pueblo y a sus instituciones jurídicas. No se separaban dos espacios para servir en uno a lo personal y en otro a lo social. Se entendía con claridad que no hay individuo sin sociedad ni sociedad sin individuo. La patria era, y ha de seguir siéndolo, el hogar de una comunidad que comparte tradiciones, esperanzas, proyectos, al amparo de la idea jurídica de la equidad. Y hoy, en el tiempo en que vivimos, hemos de ser en rigor abogados de nuestros clientes y también abogados del pueblo; porque si disociamos o separamos estos dos compromisos vertebrales, romperemos entonces la conciencia moral del abogado.

 

En suma, el abogado que se encasilla en su bufete o en su gabinete de trabajo, casi contemplándose a sí mismo en su torre de marfil, deja automáticamente de serlo. Yo propongo al efecto que nuestra Barra de Abogados del Estado de Morelos se convierta en una agrupación de hombres y mujeres de bien, al servicio no sólo de la clientela propia sino del interés superior de la sociedad. Es imprescindible que estemos pendientes y atentos de lo que pasa y sucede a nuestro alrededor. El posible egoísmo profesional se debe transformar en altruismo social. Seamos sin pretexto ni excusa el ojo sensible y perspicaz, agudo y alerta, de cualquier acción que implique o pueda implicar alteración del orden jurídico; y no por veneración absurda a la mera letra de la ley sino por respeto y lealtad a la moral del pueblo, a sus valores y a su cultura. Para constatar todo lo que digo no hay más que repasar la historia. Los momentos estelares de la Humanidad han coincidido con los de la abogacía: Grecia, Roma, los puntos luminosos de la Edad Media, el Renacimiento, la Revolución Francesa y la Edad Moderna en sus más destacadas etapas.

 

No perdamos el rumbo. Los colegios, asociaciones y barras de abogados como la nuestra tienen un deber sagrado que le da abolengo, prestigio e incluso poder -principalmente moral- a la abogacía: el de velar sin tregua y sin pausa por la inalterabilidad del Estado de Derecho tan averiado en los días que corren. No es sano hacer política al margen o en contra del Derecho, ni tampoco lo es dejar al Derecho aislado de la política cual nave a la deriva, presa de sorpresas y tempestades. ¿Y cómo lograrlo? Denunciando con energía y honestidad todo lo que signifique ruptura de la juridicidad, que equivale a ruptura de los valores morales y culturales de México. Seamos una voz clara, fuerte, rotunda. Si guardamos silencio o somos omisos en el cumplimiento de tal deber, nuestros estudios y nuestra profesión serán o serían poca cosa. Mi experiencia académica me ha demostrado a través de los años que es un reto enorme enseñar Derecho porque se alude constantemente al deber ser jurídico. ¿Y Dónde queda el ser jurídico, la concreción palpable y sensible de la Justicia? Las desilusiones, los embates de la impudicia profesional o de la incapacidad de las autoridades ministeriales y judiciales, dan a menudo al traste con ese ser y dejan una huella muy honda de inconformidad. ¿Qué hacer? Denunciar, denunciar hasta el cansancio por medio de aquella voz jurídica honesta y enriquecida con la verdad. Ya con esto seremos servidores leales de la diosa Temis.  

 

Por último, hay algo que no cambia ni está sometido a los avatares del destino social o a las vicisitudes de la política; y es el espíritu de la ley, su alma, su esencia. Este es el eje diamantino de la abogacía. No renunciemos a él porque dejaríamos al pueblo huérfano de su herencia más preciada. Lo demás es pasajero, lo nuestro es permanente. Seamos fieles a dicha permanencia. La política del Derecho se identifica con la verdad y con la Justicia. Que no se olvide. Imitemos a los grandes abogados de la Reforma, esa época de oro de la vida nacional, Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto (que aunque no abogado en sentido estricto éste último sí fue 15 veces legislador, Diputado en 20 distintos períodos del Congreso de la Unión y partícipe representando a Puebla en el memorable Congreso Constituyente de 1856-1857); abogados estos, tribunos, literatos, poetas, que presididos por el abogado Juárez jamás confundieron las mezquindades de la mala política con la noble altivez al servicio del Derecho y de la Justicia. Recojamos ese tesoro de la tradición mexicana y envuelto en la toga venerable entreguémoslo al pueblo como el mejor servicio a su causa. ¡Seamos así auténticos abogados!