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LUZ EN LA SOLEDAD

 

(Versos en recuerdo de mi hija Luz María)

 

DR. RAÚL CARRANCÁ Y RIVAS

 


 

I

 

En la soledad me apoyo

porque yo soy diferente.

Ni más ni menos que el resto,

pues no comparto el dolor,

no por soberbia o pudor,

sino porque yo lo siento

clavado en el corazón.

 

¿Y puede uno compartir

lo que en la entraña se siente?

Busco sin tregua el amor

como el agua del arroyo

que a un agua mayor va a dar.

Amor y dolor yo quiero

en mi oración silenciosa.

 

Poco me importa la gente

porque yo soy diferente

y sólo anhelo aspirar

el aroma de la Rosa.

 

¡Respirar y recordar

el vuelo de la mariposa

de ese ángel que ya se ha ido

al Cielo en que no hay olvido

y en que el agua del arroyo

se desparrama en el mar!

 

 

II

 

Yo no sé si te he perdido

o te has integrado a mí.

Lo que sé es que yo te siento

recorriendo mis arterias;

y aunque a mí ya no tu vengas

con tu cuerpo dolorido,

siento tu amor en el mío

y en mis venas tu presencia.

 

Entre mis venas y en mi alma

Es donde anida el recuerdo

Que de recuerdo se ha vuelto

Clara presencia de ti.

Ya no te alejas de mí

porque tu espíritu se halla

integrado a mi persona,

segundo a segundo en mí,

hora tras hora tras hora.

 

Me has enseñado a vivir

aferrado a lo que fuiste

y a lo que ahora tú eres.

Solo no estoy ni estaré

Y hoy te tengo como nunca;

¡como nunca hasta que Dios

una mi vida a la tuya!

 

 

III

 

Me dejaste solo y triste

desde aquella horrible tarde,

hija mía, en que te fuiste.

¿Pero es que en verdad te has ido,

o acaso es sólo el olvido

del tiempo sólo un suspiro?

 

 

 

Y estás tú aquí junto a mí

enlazada a este recuerdo

con que mi alma te alimenta.

 

Me haces falta en el momento

en que ante Dios yo me inclino

pidiéndolo que el destino

aminores este lamento,

apacigüe esta mi pena,

por tenerte y no tenerte,

por creer que te he perdido.

 

Y tanta falta tú me haces

que en tu memoria me integro;

y al integrarme revivo

esa tu forma sagrada.

La que el tiempo ya no toca,

la que mi alma triste invoca.

 

Y ahora tý vives en mí,

¡y aparte de mí tu vives!,

¡Eres un ángel que alumbra

mi sendero atormentado!

¿Es que acaso yo he pecado

y por eso es que he sufrido?

 

¡Ven a mi vida criatura

que el Señor ya me ha quitado

y por quitarme me ha dado,

y que hoy se integra a mi vida

como parte del milagro

de la Redención Divina!

 

Yo ese que tanto he rezado

pídole a Dios el alivio

de morir para vivir,

de vivir hasta que Él quiera,

de tenerte junto a mí

como ese suspiro alado

con que llegaste hasta Dios.

 

Me dejaste solo y triste,

más solo de lo que estaba,

perdido en la indiferencia

de esta vida atormentada.

 

¡Pero yo te tengo a ti

siempre sonriente a mi lado!

 

 

IV

 

Yo quisiera que al morir

tú me cerraras los ojos

y envolvieras los despojos

de ésta mi sed de vivir.

 

Y que yo viviera entonces

entre tu tierna presencia

sin sentir la indiferencia

de la gloria del Señor.

 

Quiero vivir a tu lado

la eternidad de la muerte

que es la vida más que muerte

y a la que no hay que temer.

 

Yo quisiera que al morir

tú ya estuvieras conmigo,

que me llevaras contigo

hasta la orilla de Dios.

 

 

Y que me hiciera amar

el aroma de lo eterno

donde el tiempo ya no es tiempo

que lo podamos medir.

 

Por eso quiero pedir

que al morir tú me recibas

en el regazo amoroso

de tu herida, hija mía,

 

hija querida de mi alma,

de mi alma mi hija querida,

hija conmigo de Dios,

y que juntos reposemos

 

en la gloria del Señor.

 

 

V

 

Tú no has podido morir

lo que por muerte se entiende,

a la muerte que tememos

sin poderla percibir.

 

Tan aferrados estamos

a lo que en polvo se vuelve

que al morir alguien pensamos

que en él ya todo se pierde.

 

Pero el espíritu vuela,
hija mía, tan alegra,

que no hay poder que detenga

ni fuerza por contenerle.

 

Por eso trocar tristeza

por alegría al yo perderte

no es dejar ya de quererte,

ni de causar extrañeza.

 

Tú ya vives en el mundo

que es mundo en verdad del alma,

que es la vida verdadera

más que de carne quimera.

 

Yo en cambio insisto en soñar

en la prisión de este cuerpo

que no escapa a tu recuerdo

y que me impulsa a llorar.

 

Mas de qué llorar si tú

debes llorar porque yo

lloro perdido y contrito

sin entender lo que pasa.

 

Yo me esfuerzo por saber

cuál es la vida que vive.

Y de pronto ya lo sé:

la vida que vives tú.

 

Pero te extraño hasta el grado

de ya yo vivir sin mí,

sin tu preciosa presencia,

sin tu cuerpo tan florido.

 

Sin embargo yo afligido

puedo vivir ya sin ti...

porque yo vivo contigo

pues jamás yo te perdí.