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EL CASO DE TERRY SCHIAVO Y MÉXICO
DR. RAÚL CARRANCÁ Y RIVAS
La difusion que se le ha dado a esta larga agonía de quince años viene recorriendo el mundo desde hace varias semanas. En principio es un asunto muy simple a la luz del Derecho, ya sea anglosajón o de estricto origen romanista, canónico, germánico o español como el nuestro. Hay dos clases de eutanasia: la activa y la pasiva, la que implica acción (en rigor matar, privar de la vida a otro) y la que corresponde en el más generoso, caritativo y humano significado de la palabra a dejar bien morir, retirando los auxilios y soportes de la medicina para que el enfermo o paciente quede en manos de Dios y atenido al ciclo impuesto por la naturaleza; añado que ésta última no es omisión en el sentido jurídico penal del término. La primera es constitutiva de delito, la segunda no. Lo que pasa es que la legislación debe regular el asunto. Ignoro si en el Estado de Florida, donde está Terry Schiavo, hay legislación al respecto y en qué condiciones; ya que en la Unión Americana cada Estado tiene su propia legislación penal. No obstante el caso ha sobrepasado las fronteras familiares, religiosas y morales, politizándose al extremo. No hay que perder de vista, así mismo, que en un crecido número la sociedad norteamericana es de origen protestante, incluso fanática en su religiosidad y extremadamente intolerante, conservadora. Los individuos cultos, bien informados, pensantes y prudentes son los menos, como en todas partes. Y huelga señalar que el partido en el poder, el republicano, es ultra conservador comenzando con el propio Presidente Bush. De allí las movilizaciones, protestas y presiones a favor o en contra de una posible decisión judicial eutanásica. Pero lo grave y conmovedor es que enfrentados los padres y el esposo de Terry Schiavo ambos han alegado en las cortes razones y argumentos de profunda validez humana. Validez humana, sin embargo, discutible, controvertible, pues el problema es de una enorme hondura. Lo humano efervescente ha agitado las buenas y las malas conciencias en los Estados Unidos.
Ahora bien, la pregunta que me hago es si México es ajeno al asunto, a su dimensión y trascendencia. Si lo puede o debe ser. Y mi respuesta es que de ninguna manera. La dignidad humana en la vida y en la muerte, tanto como la libertad, son valores inmutables y primordiales en una sociedad culta y civilizada, en un Estado que se precie ser de Derecho. Lo cierto es que México no cuenta con una legislación ad hoc en materia de eutanasia. Por eso es que un hombre de la enorme dimensión científica y humanista del ilustre Doctor y médico Federico Ortiz Quesada, cuya obra escrita es ampliamente conocida, le ha inspirado al talentoso abogado y maestro en Derecho veracruzano Tomás Mundo la fundación de un corporativo médico jurídico, que se inaugurará en la ciudad de Jalapa durante la primera quincena del próximo mes de abril; cuyos integrantes y participantes, entre los cuales me honro en estar, se ocuparán profesionalmente de casos de eutanasia, inseminación artificial, transplantes de órganos, aborto, clonación, entre otros, a la luz de una nueva disciplina que Ortiz Quesada y Mundo han bautizado como bioética. La idea es aquí hermanar el Derecho y la medicina habida cuenta de los enormes avances de la ciencia médica y de la tecnología médica, evitando que el Derecho quede rezagado o al margen de un creciente y caudaloso progreso que compromete y pone en juego la revisión de los más profundos valores de la llamada cultura occidental cristiana. La tarea es impostergable, trascendente, porque hay que concebir una legislación que no aparte al hombre de su destino natural y espiritual. Es un reto de dimensiones gigantescas al que México se debe integrar. El caso de Terry Schiavo, en medio de su dramatismo que ha conmocionado al mundo, es una señal de alerta para que los grandes principios morales de la Humanidad, recogidos fundamentalmente por el Derecho y la medicina, no se supediten a intereses políticos o de facciones que so pretexto de una moral o de una religión mal entendidas pregonan ideas equivocadas y torcidas de la vida. El único valladar ante esto es la ley bien concebida y mejor aplicada. Pero lo terrible, lo espantoso, lo que evoca la parte más obscura y aniquiladora de la individualidad en las grandes utopías (Platón, Bacon, Campanella), es que la decisión final eutanásica quede en manos exclusivas de los tribunales; aunque es de reconocer, obviamente, que los tribunales deciden en la especie cuando las partes interesadas no llegan a un acuerdo. Lo que se puede y se debe subsanar en gran medida, repito, con una ley sabia.
Por último, es triste y lamentable que a principios del Siglo XXI la Humanidad no haya aún resuelto un problema de la dimensión de la eutanasia, prestándose la ausencia, imperfección, indefinición o vacío de la ley a una lucha de intereses en la cual lo que menos cuenta es la dignidad y la libertad de las personas.
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